También necesitamos aprender a detenernos
Vivimos con tanta prisa que a veces olvidamos algo bastante sencillo: estamos viviendo. Pasamos de una cosa a otra, contestamos mensajes mientras hacemos otras tareas, hacemos planes para el futuro y nos preocupamos por cosas que todavía no han sucedido. Cumplimos con lo que esperan de nosotros, seguimos costumbres que aprendimos desde pequeños y, casi sin darnos cuenta, dejamos para después aquello que realmente importa.
Hasta que un día el cuerpo, la cabeza o simplemente la vida nos obligan a detenernos. Y creo que también está bien. Está bien colapsar. Está bien llorar. Está bien decir “hoy no puedo con esto” y dejar algunas cosas para mañana. Está bien necesitar silencio, cambiar de aire, apagar el teléfono o simplemente no tener ganas de explicar lo que sentimos. No todo tiene que resolverse inmediatamente. A veces necesitamos parar para poder entender qué nos está pasando.
También he aprendido que debemos tener mucho más cuidado con nuestras palabras. No solamente con lo que decimos, sino con a quién se lo decimos. No todas las personas necesitan conocer nuestros planes, nuestras preocupaciones, nuestros sueños o aquello que todavía estamos intentando construir. Los secretos, los proyectos y hasta las partes más vulnerables de nuestra vida necesitan un lugar seguro, y ese lugar no siempre está donde pensamos.
Con los años uno empieza a entender que compartir algo con alguien también es una forma de confiarle una parte de nosotros. Por eso vale la pena observar quién escucha para comprender y quién escucha solamente para tener algo que contar después. Quién está cuando todo va bien es importante, pero quien permanece cuando estamos atravesando una crisis, cuando no tenemos respuestas, cuando estamos cansados o cuando simplemente no somos nuestra mejor versión, merece ser valorado de una manera diferente. Porque cualquiera puede acompañarnos cuando todo resulta fácil. No cualquiera sabe quedarse cuando las cosas se complican.
También he aprendido que cambiar no siempre significa perder. A veces necesitamos cambiar de ambiente, de amistades, de rutinas o incluso de conversaciones. Hay costumbres familiares que son bonitas y merecen conservarse, pero también existen otras que heredamos sin preguntarnos nunca si realmente queremos seguir repitiéndolas. Y cuestionarlas no significa dejar de querer a nuestra familia. Significa entender que cada generación tiene derecho a construir su propia manera de vivir.
Quizás crecer también sea eso: aprender a distinguir entre lo que queremos conservar y lo que necesitamos dejar atrás. No todo lo que viene de antes tiene que acompañarnos para siempre.
Y mientras hacemos todo esto, seguimos corriendo. Corremos para llegar al trabajo, para cumplir pendientes, para responder mensajes, para alcanzar objetivos, para tener dinero, para hacer planes, para demostrar que estamos avanzando. Pero en medio de tanta prisa podemos olvidar algo que no podemos recuperar: el tiempo.
El tiempo que no pasamos con alguien. La conversación que dejamos para después. La tarde que pudimos disfrutar y terminamos ocupados. El abrazo que dimos por sentado. El momento en el que alguien necesitaba que simplemente estuviéramos ahí.
Quizás por eso últimamente pienso que cuidar el tiempo también es una forma de cuidar nuestra vida. No todo tiene que ser productivo. No todo tiene que convertirse en un logro. Hay días para avanzar y días para descansar. Hay momentos para hablar y otros para guardar silencio. Hay personas que llegan para quedarse y otras que simplemente cumplen una etapa.
Y también hay momentos en los que necesitamos cerrar una puerta, tomar distancia y empezar a construir algo diferente. No porque todo lo anterior haya estado mal, sino porque nosotros también cambiamos.
Está bien no tener siempre la misma opinión. Está bien descubrir que algo que antes nos hacía felices ya no lo hace. Está bien cambiar de camino. Está bien llorar, descansar, pedir ayuda o alejarnos de aquello que nos hace daño. Está bien elegir con más cuidado a quién dejamos entrar en nuestra vida y proteger nuestra energía sin sentir que tenemos que justificar cada decisión.
Y, sobre todo, está bien detenernos de vez en cuando para preguntarnos si la vida que estamos construyendo realmente se parece a la que queremos vivir.
Porque quizás no se trata de hacer más. Quizás se trata de estar más presentes en lo que hacemos. De escuchar mejor, hablar con más cuidado, valorar a quienes se quedan, disfrutar una conversación sin mirar el reloj, caminar sin pensar en el siguiente pendiente y entender que no tenemos que llegar a todo.
Al final, el tiempo sigue pasando aunque nosotros decidamos correr o detenernos. La diferencia está en cómo elegimos vivirlo mientras pasa. 🌿
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